Tesis del suicidio cobra fuerza en absurda muerte del Padre Josiah K’Okal

Extraoficialmente, un vocero no autorizado del órgano de investigación penal comentó, “tenía una gran presión que lo llevó a terminar así con su vida”.

El presbítero Josiah K’Okal, de origen africano, fue hallado pendiendo de un árbol, totalmente inerte, la mañana de este martes 2 de enero, en un sector boscoso de tierras monaguenses, adyacentes a la capital deltana, denominado isla de Guara.

Miembro de la congregación Instituto Misiones Consolata, fue reportado desaparecido la tarde noche del 1 de enero, luego que no se le observara en la casa tucupitense del IMC, desde la 9 am.

Al clarear el primer día del año 2024, tomó su bicicleta, para dar una de tantas vueltas que le eran necesarias para mantener vigente su vocación de atleta, rememorando la época de juventud en que fuera maratonista en su natal Kenia. Unas veces trotando, otras pedaleando, solía realizar extensos recorridos, compaginándolos con su labor evangelizadora.

Desde el punto de partida hasta el lugar en que se produjo el terrible hallazgo, recorrió aproximadamente 6 kilómetros, saludando a su paso a los habitantes del urbanismo indígena Janokosebe, amanecidos en ese momento, y a los Guardias Nacionales Bolivarianos apostados en la alcabala del dique, justo en la línea divisoria de ambos estados.

Serían las 11 am aproximadamente cuando, a kilómetro y medio del puesto militar, se detuvo en el tramo carretero, a orillas del cual sería encontrado y que se presume, había escogido previamente.

Manifiestan unos waraos que afirman haberlo visto, que caminaba de un lado a otro en un corto trecho, de forma inquieta y agitada, orando, reflexionando en voz alta e incluso llorando, sentándose ocasionalmente en el asfalto, para luego retomar la rutina anterior, sin paz ni sosiego. “Estoy rezando”, les dijo, ante su curiosidad por la extraña actitud.

A partir de ese instante, todas fueron sobre sombras sobre lo que pudo ocurrir. La única certeza fue haber encontrado su bicicleta cerca, la presencia del morral a su espalda y la ropa entera, sin faltarle nada. Al salir, dejó la cartera con los documentos de identidad y el celular en la residencia clerical.

Enteradas las comunidades cristianas de base y las autoridades eclesiásticas, movilizados varios cuerpos de seguridad y habiéndolo hecho del conocimiento público, generando una cierta e ineludible conmoción, se dio inicio a la búsqueda oficial, cuyo final resultó ser el más triste e inesperado.

En el sumario se habría referido que no presenta secuelas de violencia física ni rastros visibles de personas que hayan permanecido con él obligándolo a atentar contra su vida, ni siquiera una carta explicando los motivos de la presunta acción suicida.

Restan por conocer los resultados del vaciado telefónico, la revisión de su computador personal, los testimonios de allegados y la pesquisa exhaustiva que pueda guiar a encontrar algún indicio revelador.

Mientras tanto, se impone la tesis de una absurda e incompresible decisión, por parte de quien fuera un líder natural, de firmes y arraigadas convicciones, y defensor a ultranza de las poblaciones aborígenes, con especial énfasis en sus queridos «maraisas».

Un galeno expresó “nadie conoce los demonios contra los que cada quien lucha”. Solo Dios lo sabe.

 

 

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