Según el Cicpc, Elina Cotúa murió por encargo de quien menos habría imaginado en la vida

La trágica muerte de la Dra. Elina Cotúa tuvo el peor de los desenlaces posibles, sucumbir por encargo de la persona a quien menos habría imaginado responsable de la orden de acabar con su vida: un hijo; en complicidad, para colmo de males, con una hermana de crianza.

En una historia de novela con el más ruin y abyecto de los finales concebibles, a casi cuatro meses exactos de su repentina partida, el Cicpc encontró al presunto autor intelectual del homicidio y su encubridora.

Sus identidades se corresponden con los nombres de: A. Fonseca Cotúa (38), C.I. 30.357.263, y, A.C. Martínez Malavé (58), C.I. 8.366.098.

Cuatro evidencias lo delatan, una sábana de color blanco con figuras de animales, un teléfono marca Blu de color blanco, un teléfono Orinoquia de color blanco, los tres, propiedad de la víctima encontrados en su poder, y un cuarto y determinante factor, el cruce de llamadas que mostró las interacciones entre el autor intelectual y los autores materiales del hecho, momentos previos a que se ultimara una persona dedicada a hacer el bien.

Una constatación mucho más íntima lo acusa. Rápidamente se posesionó de los bienes de la que fuera su progenitora por obra y gracia de la providencia, ya que fue rescatado de la orfandad absoluta y de un futuro incierto en el hospital central de Táchira, donde fuera abandonado a poco de nacer, por un alma caritativa que le buscó el apellido de un padre, legándole de madre el suyo propio. Cotúa era por aquel entonces directora de ese centro de salud.

Una tercera farsa, lo pone en el plano de los peores homicidas posibles, en compañía de la supuesta cómplice, era el más interesado ante el Ministerio Público y los cuerpos de seguridad en conocer los avances de las pesquisas, algo que a la luz del conocimiento que hoy tenemos del caso, resulta perverso.

La detención de ambos arrojó la identidad de los tres autores materiales, cuyos nombres no han sido revelados para no interferir en su búsqueda y captura.

Un elemento adicional que complementa y convalida la investigación, es que ya se sabe a quienes fueron vendidas algunas partes y piezas del vehículo de la doctora.

Además, el Cicpc cuenta con el agregado más importante y definitorio, la confesión exteriorizada, registrada y firmada por parte de los dos.

El móvil habría sido la ambición, la avaricia y la sed de venganza de una persona que creyó merecerlo todo de un ser que mucho antes le dio lo mejor que una madre podía darle, identidad, dirección, camino y destino. Se lo cobró muy caro.

El barbarismo del rompecabezas del trágico homicidio ha terminado por armarse y revelarse como un fogonazo de luz, a la vista de las circunstancias las piezas encajaron de repente: la forma en que Elina accedió a hacer la carrera, la llamada que se la solicitó, la disposición del cuerpo y del carro, en fin, los derroteros sin final, que seguía el Cicpc procurando buscar fuera una verdad que estaba dentro. Finalmente, las piezas concatenaron a la perfección.

Vienen días difíciles, a pesar del peso de las pruebas habrá una más que probable negación por parte de muchos de los familiares que insistieron y presionaron hasta el cansancio en que se diera con los asesinos. Es natural en el marco de una familia que sufrió a mares una pérdida, que ni en el peor de los escenarios habrían contemplado surgida de alguien de su seno.

Se comenta que fue designada una comisión especial para investigar el caso, dedicándose por entero a ello a marcha forzada, con la intención de avanzar como no se había hecho hasta el momento. Ese fue el compromiso de la gobernadora deltana, Dra. Lizeta Hernández, y cumplió.

Por último, los casi seguros responsables fueron aprehendidos este domingo 30 de junio a las 11 am, en una vivienda de la avenida Orinoco; una vez que confesaron liberando la angustia que no les permitía conciliar un sueño completo, fueron puestos a la orden de la Fiscalía II del Ministerio Público.

Que cara pondrán cuando les corresponda repetir el macabro cuento en la sala del tribunal, ante sus seres queridos. Mucha entereza requerirá la familia para perdonarlos. Elina, de seguro, ya los perdonó.

No hay crimen perfecto, ni asesinos infalibles. Que reine la justicia.

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