Por quemar ropa de la ex y el bóxer del marinovio Polidelta le puso los ganchos

Elpidio Jesús Castillo Berra de 24 años, alias “el flaco”, decidió vengarse de su exmujer, de una forma más característica de las féminas que de los hombres, al quemarle la ropa.

Eso no fue lo peor, antes de espantar el demonio de la infidelidad, convirtiendo en cenizas las prendas que le regalara cuando aún eran pareja, se calzó los bóxer y las botas de la actual pareja y luego de usarlos todo un día, yendo a distintos lugares para que lo vieran, también le prendió candela.

Por si fuera poco, incineró la ropita del hijastro de la que fuera por un tiempo su media naranja. Niño hijo, por supuesto, del hombre que le robó a la mujer de sus sueños.

Al verlos consumirse en la hoguera, se sintió por fin libre y redimido, al saber que jamás habrá de verla con la ropa con que lo enamoraba a diario y al caballero con el interior y las puntas de hierro, a las que le atribuyó la culpa de habérsela arrebatado. El infante, ahora sin uniforme escolar, padeció de soslayo las consecuencias de un amor traicionero y la furia de un corazón roto y desolado.

Se preguntarán como obtuvo la vestimenta, he allí la génesis del delito, aprovechando que habían salido se introdujo en la vivienda donde hacen vida marital en la invasión de El Jobo, calle principal frente a la clínica PDVSA de Tucupita, el pasado sábado poniéndose de una vez las Frazzani y los calzoncillos, mirándose antes al espejo por si acaso, y cargando con todo lo demás en un saco, de forma alevosa y premeditada, para ir a carbonizarlo.

Pensó que todo iba viento en popa, sin sospechar que el sagaz London, jefe de Polidelta y el inquieto Galindo, director del Servicio de Investigación Penal (SIP), emplearían un sabueso pastor belga Malinois, para seguir el rastro con base en el olor del calzón, encaminándolos al promontorio en llamas.

Fue así como lo detuvieron sorpresivamente, borrando el rictus de felicidad de su rostro, satisfecho como estaba de saber que jamás el gato con botas volvería a seducirla con aquel calzado de cuero fino y repujado, ni ella le lucirá las prendas de encaje negro e hilos rojo escarlata, con que le hizo conocer el paraíso terrenal.

Sacudiéndose el polvo negro y el olor a chamusquina, dormirá en los calabozos de Polidelta en la calle Amacuro de Tucupita, hasta que el Ministerio Publico formule los cargos.

“Tonto que es” dijo el inquieto Galindo en tono de chanza, “quemó las botas del socio y él no tiene zapatos, ahora se quedó descalzo, debió pensarlo mejor y quedárselas en préstamo o en calidad de pago y asunto arreglado”.

Colorin, colorado…

 

 

 

 

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