Macareíto grita auxilio: morir lejos (relato)

II

Salimos de Tucupita a las 10: 30 de la mañana, el lunes 30 de agosto. Nos demoramos una hora para llegar a Macareíto. Fuimos en un carro particular.  Como lo dije en el primer relato, mientras más lejos está una comunidad del centro de la ciudad, los problemas están más cerca.

Cuando entrábamos a Macareíto, una familia conformada por una niña, su mamá y papá, estaban en la vía principal, esperando algún autobús. Por lo menos estaban bajo la sombra de un árbol.

Estando ya en Macareíto, un señor de apellido Abreu nos condujo hacia unos vecinos que estaban dispuestos a hablar de los problemas «sin miedo». Fue entonces cuando me relajé y tuve más confianza. Procuro siempre establecer contacto con alguna persona de la comunidad antes de llevar a cabo mi trabajo.

Pronto estuvimos frente una casa donde estaba una familia en el porche. Allí escuchaban música ranchera. El señor Abreu me presentó y entonces uno de ellos supo quién era yo y mencionó mi nombre. Primero tuvieron timidez para hablar, luego uno de ellos se animó. No se trataba de miedo, sino de «pena» ( en Venezuela).

El ambulatorio de Macareíto está entre aguas negras, eso fue lo que nos dijeron, pero mi teléfono celular ya estaba descargado y no pude tomar las fotos. Allí no hay una jeringa. De presentarse una emergencia, es posible que alguien muera a más de una hora del hospital Dr. Luis Razetti de Tucupita.

«Cuando hay una emergencia buscamos señal telefónica y cuando medio llega, llamamos una ambulancia al centro. A veces vienen, pero otras no, porque dicen que no tienen gasoil. Entonces aquí, mi hermano, todo es una calamidad», afirmó el vecino que ya había dejado la timidez a un lado. Habló de otros puntos, pero se incorporará a otros temas.

«El doctor asignado para acá viene muy poco», nos había dicho previamente el señor Abreu, a quien todos conocen en esa localidad.

De camino a la comunidad, una de las vacunadoras y estudiante de medicina integral comunitaria que ayuda como personal de salud en Macareíto, estaba tomándole la tensión a una mujer hipertensa. Estaba ocupada, pero a nuestro regreso a Tucupita, prometió conversar con nosotros. Ella es morena, ojos marrones y de unos 1.62 de estatura.

Ya estábamos de salida cuando esta chica regresaba a su casa, que está más en el centro del pueblo. Allí nos explicó que era vacunadora,  estudiante de medicina integral comunitaria y trabaja como voluntaria ayudando a su gente.

Reiteró no contar con los insumos mínimos para prestar asistencia en el ambulatorio, que está cubierto por las aguas negras. No hay medicinas básicas y tampoco ambulancia.

«Hace unas semanas el doctor trajo algunos blíster de diclofenac, pero eso no fue suficiente.  Se han hecho los pedidos, pero nos dicen que no hay medicinas. Aquí hay como 60 personas diabéticas e hipertensas que no reciben medicinas y a ellos se les dificulta comprarlas porque son costosas», declaró la chica que trabaja como médico.

Es la única que, ante una emergencia, debe atender al paciente sin nada, para evitar que muera a más de una hora de Tucupita, donde no hay luz, combustible, señal telefónica y la vía  presenta un franco deterioro.

 

 

 

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