Varios peces en el mercado municipal de Tucupita /Tanetanae.com.

Las curbinatas de Musimurina y los atardeceres del niño pescador

Musimurina es la comunidad más próxima al Delta Medio, pero que está en el Bajo Delta. A partir de ella el paisaje vegetal y comunitario cambia. Atrás  deja tierra firme, las casas de bahareque y las cañas salvajes, también al emblemático Caño Negro.

Mientras la embarcación avanza caño adentro desde Araguaimujo, las cañas silvestres van desapareciendo para dar paso a los rábanos, los pájaros “matraqueros” ya no dominan los cielos, sino los guacamayos y pericos. En Musimurina,  ya se está en plena selva deltaica.

Al fondo, los techos de temiches en sus palafitos filtran la humareda de los fogones, donde  asan, sancochan o fritan las curbinatas.

Una abuela está sobre el piso de manaca con su vestido perfectamente bordado, pero ya deteriorado, mientras teje unas cabuyas. A su alrededor, su nieto de cuatro años de edad mira a su padre arreglar una red de pesca, pero que una parte de los waraos llama “tren”. En el río, con la marea llena, una curiara flota con el vaivén de suaves olas y la brisa que acompaña al sol que ya comienza a ocultarse.

La mamá de este niño apenas pica la leña, y aunque pareciera un trabajo rudo para una mujer, entre los waraos tradicionales supone una simpleza, porque el hombre carga con las labores más fuertes. Entre los indígenas del Delta, la fémina deja de verse como “un ser débil”; contrariamente, es respetada.

La red pesa, pero el padre  hace su mejor esfuerzo de sostenerlo y simula ser ayudado por su hijo de cuatro años de edad. Avanzan por el puente de manaca, el papá toma un canalete y siguen. De frente el sol se va despidiendo. Son las cinco y media de la tarde. Otros pescadores ya surcan el caño de Musimurina, amplio, pero que aún no se confunde con el agua de morichal, porque justo está entre el Delta Medio y Bajo Delta.

El papá baja por unos tres travesaños de la escalera  y lanza el “tren” a la curiarita, pero él todavía no la aborda porque su pequeño espera ser cargado e incorporado. Su hijo se lanza a sus brazos con confianza y él sostiene… Lo sienta en uno de los banquillos delanteros y comienzan a navegar.

El chico decide recostarse en la proa de la embarcación, la usa como una especie de cuna y ya mira al firmamento, de vez en cuando cierra sus ojos. Escucha a su espalda  el deslizar de la curiara y el chapoteo del agua, aunque también se suma el constante choque del canalete con una de las bordas de la curiara.

Wajibaka soií tía, Awajabara auka yajinae tía. Arimajakotai, jaje oriabane tao tao tía. (la curiara se desliza lentamente un tanto lejos, aunque no tanto, en la proa está acostado su hijo, mientras su padre golpea los bordes constantemente)

Ya están cerca de unos “gamelotes”, una maleza flotante muy peculiar de esta zona. El papá toma la red de pesca y lo va estirando en el agua. El “tren” está listo para ser retirado al día siguiente muy temprano en la mañana, aún con la neblina y con el río manso.

Para cuando llegan a casa es de noche. Solo aguardan por el amanecer.

La faena de retirar  la red de pesca es más compleja por lo pesado (si hubiere pescado). También se requiere de mucho equilibrio para que la curiara no naufrague. Esta vez el papá va junto a otro adulto.

Cuando levantan el “tren”, lo que más ha abundado entre los naylon son las curbinatas; una especie de  pez de agua dulce con la carne  blanda y muy blanca. Debe ser cocido pronto porque suele descomponerse rápido.

Son las 8 de la mañana, todos están alrededor de la cocina para probar la curbinata frita, asada o en “sancocho”. Todos comen y están listos para repetir su faena de pesca esa tarde.

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