El último adiós de Andrés Gómez (+fotos)

A Andrés Gómez lo despidieron, por desgracia no pudo despedirse, no tuvo tiempo de hacerlo, partió muy joven y muy rápido, con toda una vida por delante.

Dicen que ante el llanto desgarrado de su esposa, perdiendo sangre aceleradamente producto de la bala homicida, solo atinó a decir “cálmate, Romi”, en espera de un milagro que nunca ocurrió.

Da pavor pensar en esos segundos finales, imaginar lo que pudo considerar un hombre sobreprotector con los suyos, sospechar la película que vio pasar ante sus ojos, sabiendo que emprendería el viaje definitivo.

La suya fue una muerte devastadora, como un puñal helado abriéndose paso lentamente en nuestras entrañas. Haciéndonos renegar de nuestra condición humana, perturbados y furiosos por que alguien haya podido cometer semejante ultraje a una familia y tan vil homicidio.

La ceremonia fúnebre fue excesivamente triste, como pocas hayamos podido presenciar. Un luto severo por los cuatro costados, un manchón gris, un insulto al alma. Lagrimas por doquier y un sentimiento de orfandad y minusvalía único, con el corazón en un puño y desierta la esperanza, secos por dentro.

Sobre las 10 am comenzó el cortejo, desde la funeraria El Carmen en calle Amacuro hasta el cementerio nuevo de Tucupita; por espacio de una hora caminó con lentitud hasta llegar al postrer lugar que habrá de alojar sus restos hasta que polvo sean.

Andrés Gómez nos legó su espíritu, una indomable voluntad de trabajo, unas ansias de crecer y ver crecer a sus seres queridos únicas; la raza de emprendedor puro, en esencia, sin fatiga alguna; con el amor a la familia por bandera y el anhelo de luchar por un mundo mejor, donde muertes así no ocurran.

Descansa en paz amigo.

 

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