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El final: ¡Cállate, mira que estamos acabando con los taxistas, dale para el vertedero!

A Geraldo lo han raptado tres jóvenes cuando trabajaba de taxista la noche del 13 de febrero de 2016. Su vida pende de la compasión de sus captores; un paso en falso podría derivar en su muerte.

Lee la primera parte a continuación.

¡Cállate, mira que estamos acabando con los taxistas, dale para el vertedero! (I parte)

A lo lejos, en una de las entradas a El Cafetal, ven venir una patrulla de la Guardia Nacional. El ambiente se pone tenso: los jóvenes comienzan a inquietarse; quien apunta el arma afinca el cañón sobre el cuello de la víctima. El que va a su lado, en la parte delantera, mira atentamente el curso de la camioneta oficial, mientras Geraldo toma con fuerza el volante y se prepara para lo peor. Lo ha decidido y comienza a actuar.

«Cuando vimos la patrulla de la Guardia yo le di pata al carro y como mi carro tenía un motor grande, estábamos corriendo ahí mismo, rápido pues. Pero en eso el tipo que tenía al lado mío me puya más el cuchillo en la costilla y me dice que le dé lento».

El raptado desconoce si está herido de gravedad, pero sabe que hay un sangrado cerca de sus costillas derecha. Una vez más obedece y desacelera. La esperanza, aquel auto con luces de sirena, dobla una esquina y se pierde de vista. Todo comienza de cero.

«Bajé la velocidad y uno me dice: dale para el vertedero (de basura), dale para el vertedero. Entonces yo agarré para allá por la vía hacia Los Cocos».

Esta vez se acercan más al destino. Geraldo comienza a perder la paciencia y disminuye más la velocidad; una acción que no gusta entre sus victimarios y ahora le piden que avance más rápido.

«Yo ya me estaba cansando en verdad, le dije que, coño mano, yo los puedo ayudar en lo que vayan a hacer. Yo conozco las salidas, por dónde entrar. Les dije eso como buscando una solución, pero me decían que me quedara tranquilo, todo relajado».

El auto Renault está por llegar a Los Cocos. El taxista carga puesta una gorra amarilla de su esposa, que es enfermera. Él está a punto de intentar liberarse una vez más. Las horas avanzan, son más de las 8:30 pm. Todo ha sido eterno y no se vislumbra otras soluciones a su problema.

«Yo de verdad ya me estaba obstinando. Cuando estábamos por llegar a Los Cocos, allí intenté tomarle la pistola al que me apuntaba».

En segundos, mientras se mantiene al volante y el carro marcha lentamente, Geraldo toma la pistola con la que le apuntaban. Lo logra, pero en medio del forcejeo esta se le cae y es recuperada por sus captores. Le dan un golpe en la cabeza con la cacha de la misma y la sangre comienza a correr por toda su cara. Parpadea más, al rato se pasa la mano por parte de su rostro para limpiarse. La gorra ya no es amarilla, sino rosa.

«Me dieron un cachazo y me rompieron la cabeza. Allí comenzaron a insultarme. Mald… No me gusta decir esa palabra. Me dijeron: ¿Qué te crees tú, ah? Allí les dije que me dejaran tranquilo, que dejáramos las cosas hasta allí».

Sigue sangrando, aunque la gorra detiene la fluidez de la sangre.

Están en la entrada de Los Cocos. Le dicen que conduzca al vertedero: pocos metros los separa de su destino. El taxista detiene el carro y se entrega a la vida o de pronto a la muerte de una vez. Está cansado física y mentalmente. La gorra se tiñe de más sangre.

«En la entrada de Los Cocos, como conozco gente por ahí, paré el carro y les dije: ve chamo, si me van a matar, me van a tener que matar aquí, donde todos escuchen y no me van a matar allá en el basurero, donde nadie sepa que me mataron y me coman los zamuros. Ustedes deciden: o disparan o dejamos esto hasta aquí o verán qué les pasa a ustedes después, porque no respondo».

Hay confusión en el auto que está detenido en Los Cocos. Los ojos del joven que está junto a Geraldo están más dilatados. Lo mira y ahora hay preguntas.

«Comenzaron a preguntarme, ¿qué eres, Sebin, policía, Cicpc? Y cuando intento enseñarle mi carnet de estudiante de técnico en criminalística, me lo quitan de la mano y me dicen que con razón yo quería meterles psicología y broma. Yo les insistí en que se bajaran del carro y que dejemos las cosas así».

Pero los captores no tienen intención de dejar las cosas así. No después de que ya sus rostros están descubiertos.

«Bueno, está bien. Vamos a dejar las cosas así, porque te estás poniendo muy fastidioso. Llévanos para Deltaven, me dijeron así. Pero querían que yo fuera por la vía que va directo al tecnológico (ahora UTD). Yo dije entre mí, eso es lo mismo que ir al vertedero».

Geraldo se siente mareado. Pierde sangre. Sabe que, si se saca la gorra, será peor. «Bueno, que sea lo que Dios quiera» y sale hacia la ruta señalada.

Van por la sede de los servicios municipales de Tucupita y él vuelve a detener su carro para intentar mediar una vez más o morir.

El taxista se baja del auto y los desafía a arreglar eso entre los cuatro, de pronto a golpes. Está listo para enfrentarlos. Aunque uno de ellos le dice: «Recuerda que nosotros tenemos la pistola. Es más, te vas al baúl, viejo».

Geraldo les hace caso y es encerrado en el maletero.

«Justo por esos días yo había estado arreglando el baúl de mi carro para que abra desde adentro».

El auto comienza ahora a ser conducido por uno de los delincuentes, que no lo sabe manejar bien, porque se apaga.

«Ellos empezaron a molestarse y a decir, coño, cómo coño se maneja esta vaina, nos estás haciendo arrechar, mald…».

La música suena casi a todo volumen, hay risas allá adelante. Avanzan varios metros, pero el carro se apaga otra vez. Geraldo maniobra en medio de la oscuridad, poco aire para respirar y un calor que lo sofoca. Arrastra sus manos en busca de sus herramientas y finalmente las consigue.

«Como pude agarré una palanca y una mandarria que pesaba unos dos kilos. No se dieron cuenta cuando bajé, el carro se había apagado y allí pensé si salir corriendo o enfrentarlos, pero decidí seguir allí».

Geraldo se carga de adrenalina y segundos después está ciego de rabia. No está midiendo consecuencia alguna. Camina lenta y firmemente hacia el conductor y le acierta un golpe al chofer con todas sus fuerzas. Cuando el que va a su lado va a reaccionar, también recibe un mandarriazo. Dos se bajan del carro. Uno de ellos grita: «Este se volvió loco, este se volvió loco». Otro dice: «Disculpa, mano, disculpa, nos equivocamos», pero ya están heridos y no avanzan deprisa. Los dos están arrastrándose.

Ahora Geraldo va por el tercero. Regresa al carro y este está por huir, apenas le lanza la mandarria por la espalda y se la pega. Hay gritos de dolor, uno de los captores tiene un golpe en la cabeza, el otro en la columna y el tercero por la espalda. Los tres se fueron arrastrando. Todo está húmedo. Puede ser sudor o sangre: la oscuridad sí mira todo. El taxista los sigue con pasos lentos mientras arrastra el hierro que ya recuperó. Desde unas malezas los tres jóvenes suplican por sus vidas en medio de llantos y gritos.

«Yo tenía la sangre hirviendo. Pero luego reaccioné, dejé las cosas hasta ahí y decidí ir a Deltaven, donde le pedí un poco de agua a un chamo que vendía perros calientes allí en la salida, cuando le digo: chamo, ¿no tienes un poco de agua? Me mareé y el pana me ayudó a levantarme».

Todos miran atónitos la escena de sangre. Salpicadas en las ventanas, en los asientos y en la mandarria. Preguntan por lo que pasó y Geraldo apenas puede responder. Está perdiendo más energías. Revisan el carro y en la parte trasera ven una pistola, cholas (chanclas o cotizas, según la región de Venezuela), un chopo y el cuchillo.

Lo llevan al Cicpc. Estando allí lo interrogan y finalmente lo curan. Recupera energías y los funcionarios le muestran varias fotos de quienes sospechan son sus atacantes.

«Allí vi varias fotos, uno de ellos era el indiecito».

Geraldo no ha terminado su fatídico día. Camino a su casa llora como nunca antes lo ha hecho. Una mezcla de sentimientos lo invaden. Al llegar eran las 12 de la medianoche y su esposa lo aborda con una escena de celos.

«Dicen que cuando un hombre llega tarde un día antes del día de los enamorados, es porque le estaba dando el regalo a la otra».

Geraldo solo se quita la gorra, le muestra la herida y ella llora, lo abraza.

Este relato es un homenaje de protesta frente a lo que en teoría pudieron haberle hecho al «pájaro azul», además del reclamo por esclarecimiento de otros casos en los que varias personas han desaparecido.  La víctima de este hecho conoció al «pájaro azul» porque ambos trabajaban en las mismas rutas. Él espera que el caso de su amigo sea resuelto científicamente lo más pronto posible. 

 

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