Discurso honrando al Libertador de Samuel Darío Maldonado, presidente del Territorio Federal Delta Amacuro en 1919

Por SAMUEL DARÍO MALDONADO

Señores:

El ascender a una tribuna en momentos en que se recuerda un pasado glorioso, si no es un deber, si tampoco una necesidad ni siquiera un rasgo de audacia, por lo menos es índice del entusiasmo que hincha el corazón y alboroza el espíritu de los venezolanos siempre que se trate de los llamados de la justicia y las demandas del patriotismo. Por eso estoy aquí, señores.

Hemos venido recorriendo con la devota unción de peregrinos o más bien hollando el humus nativo de tierras sagradas, sagradas porque las regó la sangre de los que cayeron en la lid de la liberación, la más agigantada de las lides, pues sin recaudo a dudas apenas hubo treguas después del triunfo, descanso tras los reveses, empezó con los gritos jubilosos del 19 de abril para alcanzar su coronamiento el 24 de junio, largos años después en que los bizarros hijos del Cid y los descendientes de Guaicaipuro se midieron cuerpo a cuerpo sobre el cálido pavés de nuestras tierras; y por eso tan solo por eso, fuera de ser sagradas, además son veneradas y también lo son benditas, ayer porque se estremecieron bajo las plantas de los héroes y hoy y mañana porque conservan palpitantes los rastros imborrables de hazañas que representan el máximo esfuerzo de un pueblo, la excelsitud de una idea y la voluntad de un hombre: tres facetas de la piedra miliaria que se alzó inconmovible sobre el dorso de nuestras montañas y el polvo de nuestras llanuras, a modo de gigantesco pedestal de la emancipación de Sur América.

Tal vez en estas horas de nuestros tiempos, en medio del tráfago perenne de la vida cotidiana, en lapsos de inercia o de agitación momentánea y frívola, a nosotros los venezolanos se nos escape de la memoria que ese pan de independencia que de diario saboreamos y nos nutre y nos fortalece con sus generosos jugos, hostia de vitalidad y de energía y como toda hostia, divino presente de salvación que hizo el Supremo Hacedor a sus criaturas y que lucía en la mesa pulquérrima de nuestros mayores, blanco, puro, suculento y se le degustaba con fervor eucarístico y que heredamos inmaculado e incólume legaremos a nuestros hijos a que lo trasmitan de igual suerte, en su prístina albura y joyante limpidez, de generación en generación; tal vez, repito, me llego a figurar que por un instante, por un instante solo, se nos vuele de la imaginación que el trigo de ese pan inefable fue recogido en las mieses del sacrificio triturado al caer de copiosas lágrimas, desleído al compás de tremulentas oraciones y reprimidos llantos ocultos, sí, muy ocultos, que la verdad es implacable… épocas hubo en que era un delito sollozar siquiera: ese alimento de los dioses fue amasado con mucha sangre y puesto en sazón en las piras, que son los hornos de la patria, a fuerza de mucha sangre, con mucha, eso sí, y apenas digo mucha por temor a la hipérbole, ya que desde una vez por todas y para siempre debemos convenir en que ese pan de grandezas y que nos sabe a gloria llegó a nuestros labios empapado en un raudal de púrpura, porque si no es poca la que ha de verter un hombre para quebrantar con su propia mano una cadena de servidumbre, cuánta no será la que necesita derrochar un pueblo que después de alcanzar su emancipación a tan alto precio, tiene que ofrendarse él mismo, y con la abnegación más grande, sin ejemplo en la historia, sobre el ara polvorienta de las batallas, por la libertad de un continente!

Y si anuncié la abnegación, no hay que eludir a su gemelo el sacrificio, aunque huelgan estos términos cuando se traen a cuento libertades y derechos, pues todo cuanto el hombre arriesgue y pierda, en oblación a esa dualidad augusta, será siempre pequeño, fútil, casi nada, pues me figuro que Dios en los días del Génesis, cuando los orbes a la invocación de su verbo se incorporaron en las sombras del caos, ¡permitid, señores, este arranque de mi espíritu! Dios mismo al crear las tierras y los cielos, cantores de la armonía infinita y del infinito bien, soñaba solamente en que sirvieran de altares y de templos a la democracia.

Sacrificio el de este pueblo que se lanzó a la hoguera de la revolución suramericana, sin extender la mirada por la insensatez de la empresa, la vastedad de la tragedia y la magnitud de la catástrofe, sin parar mientes en el número inconcebible de los hijos que inmolaba; sacrificio del cordero pascual del nuestro pueblo que poseído de un vértigo de locura, en medio al tronido y retumbo de los tambores y del vibrar asordante de los clarines, se arrojó impávido y de súbito y de cuerpo entero al fuego devorador de las llamaradas, hecatombe la más alta y espantosa que se haya consumado por el triunfo de una idea, inmisericorde degollación de un pueblo viril, entusiasta y joven para sacudir la tutela paternal; matanza y carnicería purificadas por el desinterés y fervor que animaron a las víctimas y que sorprenden la rigidez de la fría y austera razón, libre del odio de secta, de rencor patriotero y de fines egoístas; perdonables aniquilamientos de la vida y de la prosperidad, expuestos a la faz del mundo y de la conciencia universal por ser justificados anticipos y solemnes tributos a la civilización. Y si aquí, el vaivén de este mar que nos circunda arrullaba el último sueño de los que se anegaron en sus ondas, y si allá, de cara a este sol que nos quema, sobre la altiplanicie de los picachos de los Andes blanquearon a la intemperie innumerables los esqueletos y sí los montones de más de setecientos mil cadáveres formaron como cinco gigantescas pirámides, en cinco formidables batallas, esa mortandad insólita solo tiene disculpa ante la vanidad de los hombres y la grandeza de Dios porque fue consumada con un solo móvil, con una finalidad única, la libertad del hemisferio de Colón.

Como hablé de sacrificio es un deber que le dedique algunas palabras a la abnegación y es forzoso también que en acatamiento a solicitudes inaplazables por el imperio de su severidad histórica, rinda en estas cláusulas un homenaje a la justicia y que corresponde sin lugar a vacilaciones y temerarios juicios, por encima de toda ofuscación pasional, ora de propios, ya de extraños, bien fuere de ayer o de hoy, verter de lo íntimo de nuestros corazones, homenaje del cual me hago heraldo y me convierto en eco, porque sería un absurdo y quizás un anatema omitirlo al hacer remembranzas de la magna lucha y que lo deposito como un exvoto sobre el sepulcro de los héroes: me refiero al desprendimiento de nuestro pueblo, el pueblo de esta porción de tierra firme que desde que el conquistador Ojeda la bautizó Venezuela, como para distinguirla y destacarla de sus otros futuros descubrimientos, habrá de llamarse Venezuela por todos los siglos.

Permitid, señores, bondadosa aquiescencia a una ligera digresión que el asunto de veras lo requiere. Venían en ferrocarril estos días que corren un buen ciudadano y su hijo, niño de tierna edad que hacía el primer viaje, a visitar por adelantado y en calma las obras erigidas para celebrar el actual centenario. Al llegar a la llanura, recorrido un trecho, el conductor gritó: —iLa Victoria! El niño preguntó entonces: ¿Aquí fue donde peleó el general Rivas?

—Sí, hijo mío, y aquí no más, no, pero este es el lugar en que José Félix, como lo llamamos todavía, con un puñado de estudiantes, casi niños, de pantalón corto aún, defendió la ciudad de la cuchilla de Boves, sin igual por su arrogante intrepidez lo mismo que por su crueldad desmedida, pues no hay otra de ese temple, desde Alaska a la Tierra del Fuego, en los anales militares. Fueron los dos dialogantes interrumpidos. La locomotora continuó al cabo con ese ruidajo de su jadear. El padre en silencio, el niño pensativo contemplaba el paisaje, y minutos después, de repente, descubrió como una sombra humana que erguida se dibujaba sobre una colina de San Mateo; —¿Y ésto que es?, volvió a interrogar, me parece que pasa una estatua. —Sí, le respondió, cabalmente, es la de Ricaurte, él, que se voló junto con el polvorín, ¿no te acuerdas? ¡Ah! Sí, contestó el párvulo y tornó a insistir: ¿Y entonces por qué no más a él se la pusieron? Preguntón inocente, se vio en la necesidad de explicarle, no hay un jirón de tierra en que palmo a palmo sitios de combates, si a todos los que murieron en las jornadas de la independencia, desde aquí hasta los últimos confines de Bolivia, se les fuera a erigir un monumento, tal vez no exagero al decir que se agotaran las planchas de bronce y empobrecieran las canteras de mármol.

Y fueron ellos, nuestros soldados primero y luego los de la Gran Colombia, como los pinta un grande y noble historiador inglés, cubiertos con un pedazo de manta, abierto por el medio, lanza o sable en mano, fusil al hombro, cañones a rastras, a pie, a caballo, en hileras, en falanjes, casi desnudos, pues, con esa única indumentaria, acaso la que mejor les cuadra a los héroes de epopeya, expuestos a las más aterradoras intemperies, el sol de los trópicos que abrasa en las llanuras, el viento gélido que en los páramos entumece los músculos, el frío de las nieves eternas que en las cúspides hiela la sangre, ensombrece el cerebro y suspende los latidos del corazón; vedlos allá, como van, por esas espesuras de bosques inhollados, fraguándose con sus propias manos un camino que apenas es vereda transitable, a lo largo de pampas estériles, al través de playas solitarias y salobres, por tremedales, por ciénagas, esguazando a nado el caudal de los ríos, salvando los abismos, unas veces como leones, otras tantas como águilas; vedlos allá, después de tanta pelea, de tanto triunfo, en la apoteosis de la victoria, en el desbordamiento del júbilo, vistosos y austeros, cuando sus cabezas no podían soportar el peso de los laureles, que ya no les quedaba espacio para ceñirse uno más: destácanse de pie con esa firmeza y gallardía, con esa apostura de serenidad olímpica, en la solemne actitud de las almas a quienes la conciencia no tiene una acción que reprochar y si muchas caballerescas y altísimas por qué bendecirlas, los envuelve un hado de simplicidad homérica que es el emblema de haber cumplido un deber por encima de toda ponderación: romper los viejos moldes de instituciones liberticidas, aventar la servidumbre, contribuir a pleno pecho descubierto con su arrojo y bizarría a la emancipación de sus hermanos, abiertas las puertas del corazón a la gentileza de aspiraciones y propósitos, cerradas a la mezquindad del interés propio; edificar sobre escombros, tras el desquiciamiento de la monarquía, y atar un haz de naciones con el lazo tricolor de la igualdad social; allí está la pléyade de crucificados de norte a sur por la democracia del continente, el único sacrificio de exponer a las miradas de Dios, el único meritorio en presencia de la historia y de la humanidad. Y si estas mis palabras por el hecho de ser sinceras han de parecer extrañas y por la contingencia de ser mías juzgarse impregnadas de egoísmo, no apelo a la historia y a sus páginas deleznables, no evoco un testimonio porque la verdad no la necesita nunca, tiendo mi índice para señalar el granito de las rocas de Ayacucho que conservan esculpida la tremebunda vibración de los cationes que sellaron la independencia de Sur América.

Cumplidos fueron los destinos de un continente: al fragor de los combates sucedía la calina benéfica de la paz. Era solemne la gravedad de la lora; las diestras no tenían más coyundas que romper, las espadas eran inútiles, el acero ensangrentado debía colgarse, o convertirse en instrumento de labranza para los ejercicios decorosos del trabajo y de la salud pública, en vez del himno guerrero, tocaba el turno al hosanna de la bienaventuranza, para sacudir el ambiente letárgico que asfixiaba a las recientes nacionalidades. El hogar estaba lejos, mas era preciso tornar, romper el paso por las mismas escabrosas sendas, renovar las jornadas, el rumor asordante de las olas del Caribe no repercutía por aquellas distantes esperezas. Entonces se creyó oportuno ofrecer el óbolo del galardón, la mente de los hombres al desprenderse de la brújula incomparable de la reflexión, de fijo se desorienta y extravía. No hay varas con qué medir los hechos que pasan los límites de lo humano ni arcas suficientes a satisfacer la recompensa: están justipreciados por una balanza que pende de la mano de la Divinidad. Y por eso y como siempre tuvo por la más alta presea el título de Libertador y vituperable la bastardía de las coronas, cualesquiera que fuesen, sobrepuesto a la vanidad plebeya y a los halagos efímeros, el Grande entre los Grandes, irguióse en el tamaño desemejable que trajo al mundo y con el gesto de un Dios, ceñudos los ojos de relámpagos, miró con desdén la cornucopia de riquezas con que se le tentaba y la rechazó como a diabólica ofrenda. El estupor batió las alas sobre aquella escena en que se destacaba en silencio, como una esfinge, la majestad de la grandeza. ¿Y los demás? ¡Bien cabe aquí el signo de una interrogación! Hélos allí, por sobre los guijarros de las rutas, desnudos, descalzos, de precipicio en abismo y de abismo en precipicio, otra vez por las picas de las servas, las veredas de los montes, los riscos y los desfiladeros de las cordilleras, por mares tormentosos en bajeles desmantelados, en harapos los bizarros escuadrones de ayer, con hilachas de banderas, con fusiles y sables en pedazos, callados el clarín y el tambor, mudas las fanfarrias bélicas, los unos mancos, los otros baldos, con honrosas cicatrices los más, ilesos casi ninguno. Ved ese retorno de los héroes libertadores, como aparecen de mermados y macilentos, marcharon cuesta arriba con la arrogancia de los Alcides, en plena robustez y belleza de una juventud lozana y se nos presentan ahora vacilantes, con la demacración de una vejez prematura. Por no cometer una irreverencia, por no expresar una blasfemia, porque no lo afea la mancha de una culpa, porque son dignos como los más dignos de piedad y veneración, porque mueven el alma a compungirse a lástimas, por eso más de una vez los califico de cáfila misérrima y desarrapada de mendigos. Es un desfile de enclenques, de valetudinarios y de espectros: los libertadores se transformaron en mártires. ¡Y las distancias confunden, y aterran las lejanías! Mas cuándo se llega a la ventura de un descanso, cuándo se llega por fin a las puertas de aquel hogar, si existe acaso en las márgenes de los ríos, en las praderas de los llanos, en las riberas nemorosas de lagos y de mares. ¡Cuándo arribará la suprema felicidad de pisar el césped de la tierra nativa! Que le digan la soledad sombría de las estepas que sintieron sus últimos estremecimientos, que lo cuenten los rayos del sol que vieron su postrera gesticulación, que lo narre el viento de los páramos que arrulló el estertor de la agonía y el sueño de la muerte, y el ventisquero que conserva aún sus carcomidos huesos. Y si no, contemplad a Sucre, el jovial y magnánimo Sucre, el mariscal de la espada sin mácula y de fulmíneos reflejos, cabizbajo, poseído de fatídica pesadumbre, con un brazo roto, un otro inválido de legendarias proezas, como fatigado de tanta gloria rodó de su alazán de batalla, para no levantarse más, en la encrucijada de Berruecos.

Y así, a grandes rasgos, intento un esbozo de lo que fue la ascensión hacia la gloria, en esa vorágine de peleas que asombraron a los coetáneos y que aún deja estupefacta el alma nuestra al concebir la magnitud de los arrestos que concluyeron en la perínclita hazaña. La descollante figura de Simón Bolívar se remonta por encima de todas, semeja el bloque corpulento del Chimborazo que señorea los picachos de las montañas que lo circunvalan. De qué modo figurárselo al través de las emergencias que se le anteponían, de qué manera negar el grandor que era preciso ostentar para superarlas, ¿por cuáles causas cohibir el empuje de las fuerzas que lo animaban? Yo me lo imagino impelido por un soplo de predestinación, ya que no me logro explicar cómo es que un hombre solo pueda echarse un mundo a cuestas sin quedar aplastado bajo su inmensa mole. De aquí los sacudimientos que se experimentaban a su paso, temblaba la tierra en lo físico y el orbe moral parecía resquebrajarse. Preguntad ¿por qué devasta el huracán, por qué calcina el rayo, por qué arrasa el desbordamiento de la inundación? El impulso de las fuerzas sociales se rige por las leyes de una mecánica que no acepta cálculos y no es dable reducir a la expresión de los números aún. De ahí esa incapacidad que nos asalta al pretender estimar en su justeza las causas íntimas y los valores exactos de las acciones humanas que traspasan el nivel de lo ordinario y común, de ahí que sudan temeridades de juicios y acritudes de recriminación a las acciones y a los hechos. Parécenos hacedero limitar los estragos del incendio, los furores de la tormenta, los estallidos del cataclismo y la cólera de los volcanes, y de igual modo detener la trascendencia del pensamiento, la energía de las revoluciones, la salvajez de las guerras, el vértigo de los combates, la profundidad de la cuchillada y el raudal de las hemorragias, y de ahí que se nos cierre el criterio, se nos anuble la inteligencia, y se nos encojan las alas del razonamiento. ¿Cómo calar entonces en la hondura donde se movía el espíritu del Libertador? Cinco mil años hace que se está sondando el alma humana, nos decía un pensador de la pasada centuria, y apenas se han conocido algunas de sus facetas y entonces, ¿cómo distinguir a cabalidad entre las oleadas de sombra y los chisporroteos de luz, la razón o la sin razón que en justiciero análisis de circunstancias anómalas impulsaron al paladín de la libertad a que vibrara a la faz del mundo por sí y ante sí, la fulminación del Decreto de la guerra a muerte?

Fácil nos es a la distancia de un siglo, cuando en vez de los tizones del incendio ya ni pavezas queda, y las cenizas fueron esparciadas por el viento de los años, suponer que no era intensísimo y asolador el fuego de la hoguera, imaginar que era innecesario atizar con fiereza de Vulcano los carbones enrojecidos, a fin de que se tostaran hasta las últimas raigambres de la reyedad soterradas en las entrañas de nuestro suelo y que el ave fénix de la república extendiera las alas en su ascensión magnífica.

Pero que se reflexione en los cerros de obstáculos que le cerraban el paso y convengamos en que estos hombres de corazón y cabeza excepcionales proceden por grandes, imprevistas síntesis: si no hay independencia en Sur América, junto con la vida, no quedará piedra sobre piedra. Vendrá la muerte a imperar sobre ese montón calcinado de escombros y desiertos. Tal pudo ser la ideación de Bolívar: las consecuencias seguras, el exterminio de la familia venezolana y de la española también. Total: una nación inmolada.

Cuánto de grave y arduo explicarse las tendencias de aquel pensamiento que se cernía por sobre las cimas más altas de la inteligencia, cuán vanos los esfuerzos en descubrir la meta a que se dirigían las bandadas de sus ideas con vuelos de águilas por todos los horizontes: el severo Miguel José Sanz, de raras facultades intelectuales, si las hubo, el del discurso sobre la educación psicológica, consideró que de aquella mente jamás pudiera brotar nada de provecho; su tío, el indómito José Félix Rivas, juzgó que era una perogrullada el discurso pronunciado en un banquete de la capital: en Casacoima lo conceptuaron de loco, en Güiria de inepto, en el Congresillo de Cariaco de inútil. ¿Qué de extrañarnos, pues, que en lo sucesivo, constituida la Gran Colombia, Santander pretendiera limitar los arrebatos de aquel genio con subterfugios y argucias profesionales y la vara de un código? A una costa, hacia el fondo de este mar, arribó un día el proscrito mendicante de la libertad, el Ulises de que habla Carlyle, mas que no había caminado aún las doscientas mil millas cuadradas que tenía que recorrer con sus legionarios y encontró el fervor, el agasajo, el pecho sincero de los brazos abiertos de Petión, quien desde el primer instante vislumbró, por una de esas anticipaciones de las almas superiores, que algo extrahumano revoloteaba sobre la cimera de aquel cráneo. Más tarde, muy lejos, desde la cúpula de una catedral, el taciturno Deán Funes, allá en las regiones que fecunda el Plata, al sentir que las montañas se estremecían a las insólitas pisadas de un espeluznante corcel de guerra, tembló de pasmo y vio, como en el horror de los sueños, cabalgando sobre el espinazo de los Andes un tremendo jinete del Apocalipsis.

Escribe al caballero de Jamaica la carta más trascendental y profética que pluma alguna y los émulos ridículos de Panurgo, mascullan: delirios, puramente delirios. Discurso de Angostura y modelamiento de la Gran Colombia, contradicción gritan los linces de los casuistas. Desbarata imperios y con hercúlea diestra forja repúblicas: contradicción, prorrumpen los espíritus raseros. Domina con la espada y con la guerra el conflicto de un continente y crea el arbitraje para resolver los problemas internacionales y evitar las contiendas, contradicción opinan las almas aferradas a las viejas normas primitivas, destructoras y bárbaras. Esboza el plan de la constitución de Bolivia, con videncias de Solón, elegancias de lengua y cortes de estilo a lo Jenofonte, utopías, vocinglean los ánimos apocados o mediocres. Contradicción, contradicción, contradicción, es el clamoreo que surge de todas partes, porque primero que todos propuso como fórmula única, y a su modo, libérrima, es decir, grande de toda grandeza, por basarse en la verdad y la justicia, la Sociedad de las Naciones, o lo que es lo mismo, la proclamación del advenimiento de una Buena Nueva, el reinado de la paz en el Universo. Contradicción es la dote, según piensa atinadamente un escritor de nuestros días, del que mucho ha meditado, del que mucho ha edificado, del que mucho ha destruido: contradicción, diría yo, es la naturaleza misma que nos seduce con el iris de sus bellezas, nos sorprende con la complejidad de sus fenómenos y nos aterra con el espanto de sus cataclismos.

Y aquí, bajo este árbol secular, en cuya base estuvo cuando desembarcó del exilio, señores, tenéis grabada en esa piedra la proclama que abolía la esclavitud y derogaba el largo martirio de la guerra a muerte. Contradicción también, no faltará quien vocifere, cuando es tan solo que surje de las profundidades de su alma, a ponerse de relieve, quizás una de las más deslumbrantes facetas de su carácter: la mansedumbre de su piedad que le acompañó, como el ángel custodio, al través de las más acerbas vicisitudes, de la cuna al sepulcro.

 

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