Devoción a San Antonio «el espirituoso» lo condujo a calabozos de Polidelta

No es el San Antonio que piensan, se trata de la marca de la bebida espirituosa a la que se aficionó tanto, que terminó en un calabozo de Polidelta.

En su rol de vigilante, le correspondía cuidar el depósito de una conocida ferretería ubicada en las cercanías de El Palomar y lo hizo lo mejor que pudo, pendiente del local mas no de lo que tenía dentro.

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Solo y con frio, anhelante de calor, quiso proporcionárselo vendiendo partes de una máquina de hacer bloques como si fuera chatarra, para adquirir botellas del conocido licor y procurarse con ellas, trago tras trago, la temperatura corporal que lo mantuviera despierto de madrugada.

Viendo el propietario la maquina “chucuta” y en demanda de una explicación, llamó al sagaz Jackson London, jefe de Polidelta, y este comisionó al inquieto Galindo Herrera, jefe del Servicio de Investigación Penal, para que descifrara el enigma de los hierros que se disolvían en el aire y las piezas que se tragaba la tierra.

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Sin necesidad de acudir al brujo de la pipa ni trasladarse a la montaña de Sorte, Galindo, León, Celis, Carpio, Cristian y compañía emplearon sus dotes persuasivas e hicieron cantar a cambio de la promesa de un litro del Santo en cuestión al vigilante de la compañía.

Este negoció, pidió primero el trago en cuestión y una vez que se lo proporcionaron e hizo efecto, confesó hasta el más mínimo detalle afirmando que la maquina estaba choreta y vieja, y su devoción al Santo era más importante que un monto de hierros oxidados.

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Convicto y confeso, fue conducido a los predios del sagaz London e ingresado a un calabozo en calle Amacuro, de donde saldrá camino a los tribunales.

Con 52 años cumplidos, J. F. Inocente González se expone a varios años de cárcel y a la sanción moral que sobre su persona dictamine la sociedad. Todo por causa de una etiqueta licorera que de santa no tiene nada y menos aún de bendita.

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