En el centro de Dauna late un dilema tan antiguo como vigente: el de la mujer que debe elegir entre permanecer en el espacio doméstico o aventurarse hacia el crecimiento personal, aun cuando ese deseo implique alejarse del núcleo familiar
Linda D’ambrosio | 09/02/2026 05:03 am | El Universal
Madrid fue escenario, una vez más, de un encuentro fecundo entre el cine venezolano y el público europeo gracias a la proyección de Dauna. Lo que lleva el río, una de las obras más significativas de la cinematografía contemporánea de Venezuela. La película, dirigida por Mario Crespo, llega precedida de una sólida trayectoria internacional, reconocida y celebrada en diversos festivales por su sensibilidad estética, su rigor antropológico y su poderosa mirada humanista. Dauna no es solo un largometraje: es una experiencia que fluye con la cadencia del río que retrata y que deja una huella persistente en quien la observa.

La proyección se realizó en el marco de la iniciativa de Casa Club Venezuela, encabezada por Juan Carlos Jiménez, un proyecto cultural que se ha consolidado como espacio de encuentro, para la diáspora venezolana en Madrid. Desde la emblemática Casa de Vacas, en el Parque del Retiro, Casa Club Venezuela impulsa una programación que propone una proyección venezolana cada mes, apostando por obras que dialogan con la identidad, el territorio y las múltiples formas de pertenencia. Esta iniciativa cuenta además con la valiosa colaboración de Laura Oramas y Patxi Andrés, cuyo trabajo ha sido clave para dar continuidad, coherencia y cuidado a cada encuentro.
El cine-foro dedicado a Dauna. Lo que lleva el río contó con la presencia de dos figuras fundamentales: su director, Mario Crespo, y la guionista y productora Isabel Lorenz.
Crespo, uno de los cineastas más singulares y consistentes del panorama audiovisual venezolano, ha construido una filmografía profundamente comprometida con los pueblos originarios, el paisaje y las tensiones —a menudo invisibles— entre tradición y modernidad. Su mirada, siempre respetuosa y paciente, evita el exotismo y se aproxima a sus personajes desde la dignidad, la escucha y el tiempo largo. Cada una de sus películas confirma una ética clara: filmar no para apropiarse, sino para acompañar.
Isabel Lorenz, por su parte, aporta al proyecto una sensibilidad narrativa y una solidez creativa que atraviesan toda la obra. Su trabajo como co-guionista y productora ha sido esencial para articular un relato íntimo y universal a la vez, donde la ficción se nutre del conocimiento profundo de la cultura warao y de un compromiso sostenido con el cine como espacio de reflexión. Lorenz representa una forma de producción consciente y cuidadosa, donde cada decisión está al servicio del sentido y del respeto hacia las comunidades retratadas.
En el centro de Dauna late un dilema tan antiguo como vigente: el de la mujer que debe elegir entre permanecer en el espacio doméstico o aventurarse hacia el crecimiento personal, aun cuando ese deseo implique alejarse del núcleo familiar y desafiar convenciones ancestrales. Dauna, mujer warao, encarna esa tensión con una fuerza silenciosa que interpela al espectador desde la primera escena. Su historia pone de relieve el papel fundamental de las mujeres en la cultura warao, una etnia de organización matrilineal, donde el linaje, la vida comunitaria y la transmisión cultural se estructuran desde lo femenino.

La película muestra con delicadeza la repartición equitativa de las tareas dentro de la comunidad: el hombre en la pesca y en el tejido del moriche; la mujer en el conuco, en la siembra y el cuidado de la tierra. No hay jerarquías rígidas, sino complementariedad. En ese equilibrio se inscribe también el tema de la maternidad, abordado no como mandato, sino como experiencia atravesada por el deseo, la duda y la responsabilidad colectiva.
Dauna. Lo que lleva el río reflexiona asimismo sobre la transculturación y las consecuencias de la presencia del hombre blanco en la Orinoquia: la irrupción de otros valores, otras formas de conocimiento y otras promesas que, lejos de ser neutras, transforman de manera profunda e irreversible la vida de las comunidades originarias. Sin estridencias ni discursos explícitos, la película revela las fisuras, las pérdidas y las resistencias, confiando en la inteligencia y la sensibilidad del espectador.

Al concluir la proyección y el diálogo con el público, se reafirma la certeza de estar ante una obra mayor, sostenida por la coherencia, la honestidad y la profundidad de su creador. Mario Crespo confirma, una vez más, que su cine es un acto de amor y de responsabilidad: una manera de mirar el mundo con respeto, de escuchar lo que el río —y quienes lo habitan— aún tienen por decir. Dauna. Lo que lleva el río fluye, permanece y transforma; como el buen cine, como las historias necesarias.



