Daratu: fantasmas que me siguieron. ¿Estoy loco? Capítulo 9

Ilustraciones de Joine Ramos

Una historia original y real de Tane tanae, narrada no convencionalmente.

Lea el octavo capítulo AQUÍ.

Sobre las ocho de la noche salió de la gran Caracas, primero vio luces y luego solo oscuridad. Ya iba rumbo a Tucupita, esa chica ciudad de la que algunos se burlan, pero terminan enamorándose de ella. Todos ahogados en la belleza del caño Manamo y abrazados por la cercanía de su gente.

Era un asiento bastante cómodo. A su lado viajaba una extraña señora de pelos rulos, morena y maquillada de colores también oscuros. Antes de salir, la vio murmurar algunas palabras casi para sí sola. No sabe a quién le habló. Solo sentía una sensación extraña. Se abrigó y no quiso sacarse el tapabocas; apenas son los primeros días de flexibilización por la pandemia en Venezuela.

Solo quería acallar sus oídos para evitar alguna conversación con aquella señora que no conocía y a la que temía, o quizás le tenía pena.

Todo oscureció más y ahora están callados, solo habla el motor y los cauchos que a veces golpetea con huecos. El autobús por momentos va rápido, pero también frena bruscamente. Su cabeza está sobre la ventana vibrante y el sueño está por alcanzarlo. ¿Serán las 12 de la medianoche? No quiere meter su mano a por el celular. Escucha alguna estación de una ciudad que desconoce. Allá afuera apenas ve casitas y luces diminutas a lo lejos.

El autobús ahora va a toda velocidad, lo sabe.

Entonces despierta exaltado. Mira a su lado y la señora duerme. La vio opacamente y volvió a sentir una extra sensación. Retiró su vista de ella y miró por la ventana, como para huir de ese algo extraño que intenta penetrar su mente.

Algunos, y aislados autos, pasan y los ve por la ventana. Hay oscuridad, aunque pronto mira, a lo lejos, pero a su alcance, la silueta de una mujer.

Frotó sus ojos y a lo lejos, ya dejada atrás, la despidió, pero siempre siguió allí. Hasta ahora, lejos de Venezuela, la recuerda. Admite ahora la probabilidad de estar loco. Dos episodios similares revuelven, esta vez, su estómago. Intenta controlarse mentalmente: «Es sólo mi vista, estoy cansado, científicamente eso no existe». ¿Podría un fantasma causar una erección? Ahora solo quiere ir al baño.

Por qué a Daratu. Ese chico enamorado de una deltana que todavía no lo espera. Qué tan mal está su estado mental. Qué tan devastado está su cerebro como para que aquella mujer lo siga a todos lados con erecciones, escalofríos y, está vez, con repentinos problemas estomacales. Solo quiere llegar a Tucupita. Se agota, se agota del viaje, de ella, de su débil mente. Aunque está por probar un ritual que su abuela le confesó haber hecho de joven.

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