Daratu: el piso confuso de sexualidad. Capítulo I

Ilustraciones de Joine Ramos

Una historia original de Tane tanae

Bajó lentamente por las escaleras desde un noveno piso. Solo se sabía estar cerca del Ministerio de Educación en Caracas. Uno, dos y hasta tres chicos de pieles muy claras chocan con su memoria de blancos, negros, indios y cimarrones deltanos, que estremecen por segundos sus entrañas más sensibles.

Cada escalón sacudía su enardecido estómago, hasta la garganta irritada por el sereno caraqueño, espeso de contaminación industrial. ¿Serían las 10 de la mañana? El hambre sigue de compañía y al frente camina la nostalgia de haber dejado a una pequeña, pero espaciosa Tucupita sin el bullicio devorador de la ciudad.

Su tristeza vencía la tranquilidad de las humeantes aguas tibias del caño Manamo, acariciado por la brisa fresca mañanera. Cuando estuvo en la recepción de aquel hotel cubierto de sábanas húmedas, grifos oxidados y muebles clásicos roídos por ratones y cucarachas, una brisa fría impregnó su rostro cubierto de acné. Su vestimenta negra llamaba la atención.

A un costado, cientos de personas pugnaban por un sobre de leche. Sus abrigos decían haberlos acompañado desde la madrugada.

Se sentó en un taburete de madera y tomó el teléfono celular. Al fondo; musculoso, moreno, pelos lisos y una sonrisa de dientes muy blancos, atraen su atención. Era una mezcla de deltanidad en su rostro: veía en sí un indio, un blanco y un negro en uno solo.

Ahora está por guardar su teléfono y, pronto, el hambre. Se dispone a mirarlo, lo contempla, no puede dejar de hacerlo. Él conversa, pero nadie se sabe descubiertos.

Un pollo a la brasa está por salir sudoroso, grasoso, carnoso y listo para devorar, pero lo obvia por unos instantes.

 

Entonces ya puede detallar más que deltanidad en su rostro. Esta vez mira un sobresaliente espectáculo que aún se oculta por segundos entre su movido short de nailon.

Ya de frente, lo mira y oye ordenar un plato, que no recuerda su nombre. Era lo que menos le importaba. Allá abajo, junto al taburete de madera, su mano derecha lleva a cabo la proeza que lo mantenía calmado, aunque se sabía estar  siendo minuciosamente vigilado.

Ahora caminan juntos al hotel de sábanas húmedas, grifos oxidados y muebles clásicos roídos por ratones y cucarachas, que desaparecerán por algunos segundos, al igual que el hambre que tienen.

Lea el capítulo II AQUÍ

 

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