Al “tarjetero” le mataron dos hermanos y casi lo linchan en Barrancas enconchándose en Tucupita

A Darwin Rondón de 41 años, alias “el tarjetero”, lo obligaron a huir de Barrancas del Orinoco. Cansados de sus fechorías, por orden del Sindicato, organización paramilitar que controlaba la capital del municipio Sotillo, al sur de Monagas, casi lo linchan en plena vía pública, forzándolo a dejar su ciudad natal.

De eso hace cerca de 10 años y desde entonces solo iba furtivamente, por corto tiempo, regresando de inmediato al Delta.

En ese ínterin, vio morir dos hermanos ajusticiados, uno apodado “Barraca”, víctima de una ráfaga en una gasolinera barranqueña y el otro conocido como “Tacho”, asesinado en el Palomar de Tucupita, donde se enconchaba en una vivienda adquirida por “Barraca”, para salvarle la vida. De nada les sirvió, ambos tenían cuentas pendientes con el mencionado Sindicato y se dice que estaban pagando, sin que nadie al día de hoy responda por sus muertes.

A “Barraca”, tan esquivo y guabinoso como “Blanquilla”, apodo original del “tarjetero”, le colocaron unos miguelitos delante del carro pinchando los cauchos, para luego propinarle varios tiros en la cabeza. Cuenta la historia, que había hurtado varias gramas de oro al ala del Sindicato que operaba en las minas, firmando su sentencia.

Con el frio en las entrañas, recorriéndole el espinazo y entumeciéndole las manos, el “tarjetero” comprendió que seguía él, extremando las preocupaciones. Se mudó a La Floresta, comunidad de la parroquia San Rafael en el municipio Tucupita, instalando allí su refugio.

De la guarida familiar, conviviendo con su concubina, también barranqueña y cuatro hijos, partía ocasionalmente al centro de la ciudad, al sector comercial y las adyacencias de supermercados y bancos, a montar cacería.

Cuentan algunos vecinos, que no desdeñaba ninguna forma de timo, parándose a las afueras del bus como si fuera el colector y bajándose en la siguiente parada con los bolsillos llenos. Atrás quedaban el desconcierto y la polémica ante el reclamo del chofer, la certeza de haber pagado el pasaje y la negativa a hacerlo de nuevo.

Según las personas consultadas, cuatro o cinco años atrás estuvo detenido en compañía de su pareja, al ser descubiertos aplicando el mismo modus operandi de estafar vendiendo combos y pollos inexistentes, vaciando las tarjetas de las víctimas. Desde aquella ocasión dejó de trabajar con ella, ya que no se le igualaba en habilidad y mañas.

En días recientes, se conocieron más de 20 casos similares, en los que hubo la misma oferta de siempre, pollos y combos, engañando a humildes matronas de la tercera edad, con argumentos dirigidos a vulnerar su resistencia, apelando a la compasión debido a encontrarse supuestamente pasando hambre, urgido de llevar comida a sus pequeños hijos, víctimas de terribles enfermedades e imposibilitado de pagar el tratamiento médico, en el que se iban los pocos recursos que podía destinar a adquirir los alimentos.

El pasado jueves en la mañana se acabó su suerte, persuadido como estaba de ser poco menos que invencible, advertido del cartel de búsqueda publicado en este medio, decidió no prestarle atención y lanzarse a la aventura. Solo que esta vez Politucupita, empeñada en barrer la delincuencia del cuadrante de Paz asignado en el casco urbano, lo vio de lejos y al observar el comportamiento nervioso, la constante mirada en derredor como Pedro Navaja en cualquier esquina, la gorra calada y un par de adultos mayores rumbo al sacrificio, dedujo que era su objetivo y le calzó los ganchos.

Al “tarjetero” le espera una larga temporada en el resort de Guasina, sin supermercados, puntos de venta, almacén de pollos ni damas jubiladas, apenas unos cuantos barrotes, el templo, la cancha y el sol brillante del patio perlando su frente, lejos de la emoción y la adrenalina que le produce robar, y a salvo de correr igual destino que “Tacho” y “Barraca”, carnales suyos.

 

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