Mensaje de monseñor Romero en su homilía por las exequias de P. K’okal

El siguiente texto trata de la homilía presentada ante la feligresía por Monseñor Ernesto Romero, obispo de Delta Amacuro, el pasado 9 de enero en la catedral Divina Pastora de Tucupita, en las exequias del presbítero Josiah K’okal, fallecido a inicios de este año 2024.

Acá sus palabras

Sic.

Queridos hermanos: Saludo con afecto a los familiares del P. Kokal y les transmito en mi nombre, y en el de todo el pueblo cristiano que peregrina en este Vicariato Apostólico de Tucupita, nuestro dolor por su fallecimiento, al inicio de este año 2024.

Muy querido P. Rodrick, vicario superior de los misioneros de la Consolata en Venezuela y su consejo. Queridos y apreciados sacerdotes, religiosas, religiosos, seminaristas y laicos de la Familia Consolata en Venezuela. Amado pueblo de Tucupita, ¡Paz y Bien!

Para nosotros los cristianos la Eucaristía no es un homenaje que rendimos a nuestros difuntos. No es eso lo que hoy hemos venido aquí a hacer; sino a actualizar el sacrificio de la Cruz de Cristo en el que todos hemos sido salvados. Y a rogar a Dios para que el P. Josiah Kokal pueda gozar de la vida eterna y por nosotros los vivos para que nos consolemos desde la fe y revivamos la esperanza en la vida eterna. También quisiera expresar mi afecto a los sacerdotes concelebrantes, a los fieles de las parroquias que atendió pastoralmente con dedicación y cercanía, así como a los miembros de la Casa y Vicaría Dani Consolata, donde residió y trabajó la última etapa de su vida.

Hoy nosotros nos encontramos como los discípulos de Emaús: como ellos también a nosotros nos ha sorprendido la muerte del amigo misionero Josiah Kokal, que no esperábamos. Una muerte que nos entristece y nos descubre nuestra propia fragilidad. Una muerte que, como todas, produce un desgarro provocado por la separación, la sorpresa, la dificultad para comprenderla y asimilarla. También nosotros, como los discípulos de Emaús, venimos por el camino de nuestra vida comentando estas cosas que nos hacen sufrir, que no comprendemos. Noticias ante las que nuestro corazón se intenta rebelar.

Seguro que todos nosotros, como los discípulos de Emaús, en estas horas que nos separan del momento de la muerte, hemos comentado el último momento que pudimos compartir con Kokal, las vivencias que a lo largo de nuestra vida hemos vivido con él. Sin duda que habrán aflorado su buen quehacer y gusto por atendernos, alegrarnos y comprometernos con sus proyectos a favor del Reino de Dios… Yo, en concreto, peregrinaba a Araguaimujo con él apenas hace un mes, donde pudimos compartir la alegría y acogida de la gente, alegre y entusiasta por el próximo centenario de la evangelización en nuestro Vicariato.

Y en medio de toda nuestra vida, con nuestras preocupaciones que también le preocupan a Dios, también hoy Jesús se acerca a nosotros, como lo hizo con los discípulos de Emaús. Siempre tenemos que tener la certeza de que Dios nunca nos abandona, no nos deja solos, y menos en los momentos de dificultad y de tristeza. Jesús se esconde a nuestro lado para fortalecer nuestra debilidad e iluminar la oscuridad de nuestra vida. Y lo hace con un objetivo: darnos y concedernos la paz. Mi paz les doy, la paz les dejo a ustedes… También, como los discípulos de Emaús, al encontrarnos hoy con Jesús, Él quiere que surja en nuestra celebración una enorme paz.

Una paz que no aminora ciertamente el dolor, ni las preguntas, pero que nos da serenidad para afrontar el futuro. Es una paz que brota siempre de la esperanza que él nos ofrece si la queremos tomar: la esperanza de su triunfo sobre la muerte que en la Pascua celebramos, la esperanza de la resurrección que proclamamos y festejamos cada domingo. Es la esperanza de que la muerte no tiene la última palabra, sino que es un paso hacia la vida.

Jesús hoy nos da su paz y su esperanza a través de su Palabra y la eucaristía, como hizo con los discípulos de Emaús. O mejor, a través de la vida que el cristiano siempre lee a la luz de la Palabra, porque él se sigue encarnando en ella. Es la Palabra hecha carne en la vida concreta que es iluminada y colmada de sentido a través de la Palabra de Dios. En este caso, es la palabra que ha sido acogida y hecha vida en la vocación misionera del P. Kokal.

Bien podemos decir que su paso entre nosotros se asemeja, y mucho, a la vida de su querida Teresita de Lisieux de la que era tan devoto. Como ella también su existencia ha estado marcada por el sufrimiento. Un sufrimiento físico, pero sobre todo emocional/moral que ha sabido unir al dolor de Cristo en la cruz para la salvación del mundo. También como Teresita su vida no ha sido larga, pero sin duda muy provechosa, quizás no en los parámetros economistas del mundo, donde se mide la rentabilidad y el activismo, pero sí en la medida que Dios tiene de nuestra existencia que está fundada en el amor. Y su vida se asemeja también a la de Santa Teresita por su profundo amor a Dios y a la Iglesia, dentro de la cual ha vivido y servido como un hijo fiel y sencillo, pequeño.

Por eso, me parece interesante recordar cuatro frases de santa Teresita que, seguro que hoy el P. Kokal nos recordaría como mensaje y resumen de su vida, como aliento en estas horas de su paso hacia el Padre:

  • La primera es aquella que decía santa Teresita: “La vida es un instante entre dos eternidades”. No me digan que no es verdad. Por muy larga que la vida sea, qué corta se nos hace. Se nos hace un instante. Pero es un instante que nos invita a la responsabilidad en la misma, desde la certeza de que nos encontramos entre dos eternidades: la del amor de Dios que todo lo llena. Nacemos del amor de Dios, hecho realidad a través del amor de nuestros padres, y volvemos al amor de Dios que nos aguarda para celebrar y festejar. Porque donde hay amor el tiempo no pasa nunca, el tiempo se detiene en su paz y gozo.
  • Una segunda frase dicha en la larga agonía de Santa Teresita: “No muero, entro en la vida”. En efecto, para el creyente la muerte no es definitiva, es el paso a la vida con mayúsculas. Sobre todo, esto se hace más realidad cuando la vida se vive marcada por el dolor y el sufrimiento, por la fragilidad y la debilidad: la muerte se percibe como un paso liberador hacia la auténtica vida a la que estamos llamados.
  • La tercera frase también la decía Santa Teresita en su lecho de muerte: “Creo que no les dejaré: al contrario, estaré aún más cerca de ustedes después de mi muerte”. Así sucedió en la vida de la santa, que fue sentida muy presente en su misma ausencia física. Sin duda que Kokal hoy seguirá acompañándonos desde el cielo especialmente a su familia, a su congregación, a su vicaría Dani Consolata, a los religiosos y religiosas, y a su querido Vicariato Apostólico de Tucupita. Estoy convencido de que le podremos seguir sintiendo cercano y que él nos ayudará como lo ha hecho en su vida física.
  • Y la última frase fueron las últimas palabras de santa Teresita antes de morir: «¡Dios mío… te amo!». Resumen a la perfección lo que es la vocación de la santa en el interior de la Iglesia: ser en la Iglesia el amor, vivir en el amor, gozar del amor… y ello, a pesar de lo que la vida nos va deparando, a pesar de la sinrazón con la que a veces la afrontamos. También estoy convencido de que podrían resumir hoy también el paso de Kokal de la muerte a la vida. Palabras que hoy les invitaría a repetir en estos momentos de oscuridad, palabras que solo podemos pronunciar desde la fe y la confianza. ¡Dios mío… te amo!

En acción de gracias acompañemos a este hermano nuestro en su viaje definitivo hacia Cristo, con plena confianza en que Dios lo acogerá con los brazos abiertos, reservándole el lugar preparado para sus amigos, fieles servidores del Evangelio y de la Iglesia. Amén.

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